El Monstruo del Armario por Grecia Alexsandra Pérez Góngora 1 ° B
—¿Kookie?
Silencio.
—Kookie, soy Javi. Papá ha vuelto a comportarse raro. ¿Estás ahí?
Algunos segundos más tarde, el niño de cabellos rubios y ojos llorosos lo oyó.
—Siempre estoy aquí— una voz suave y ronca se escuchó a escasos centímetros de él. No veía nada, pero sabía que, en la oscuridad, Jungkook lo acompañaba.
Javier respiró tranquilo.
—¿Podrías abrazarme?
Se escuchó un suspiro. Segundos después, Javier se encontró siendo envuelto entre unos brazos gélidos.
Javier se acurrucó más contra el traje impoluto que siempre llevaba Jungkook. Nunca había alcanzado a ver cómo era por la penumbra del armario, pero por el tacto le parecía agradable. Su camisa parecía de seda y la corbata tenía una textura que siempre le ayudaba a conciliar el sueño. Se había convertido en su pequeño tic nervioso, acariciar la corbata de Jungkook hasta que caía rendido.
Aparte de aquello, Javier sabía bastante poco de Jungkook.
Bueno, aparte de que vivía en su armario.
Sabía que su voz era cálida y baja, sabía por eso que probablemente le sacaba muchos años, pero había tocado su rostro en la oscuridad y jamás había hallado atisbo de arrugas o piel flácida, solo un intenso frío, por lo que tampoco podía ser demasiado mayor. Sabía de él que siempre vestía el mismo smooking, y que estaba ahí cuando lo necesitaba. Era de pocas palabras, pero siempre habían sido suficiente para Javier.
—Papá es un monstruo— Javier sollozó. Sus ojitos relajándose por fin.
El monstruo en el armario concordó.
—Lo es. Duerme, pequeño. Estás a salvo ahora.
…
—¿Kookie?
—¿Uhum?
—¿Por qué nunca estás cuando es de día?
—Estoy aquí todo el tiempo.
Javier refunfuño.
—Eso no es verdad— el niño agarró la corbata del mayor y comenzó a estrujarla entre sus manitas— Si no, te vería cada mañana cuando busco el uniforme para el colegio.
—Eso es porque sólo me dejo que me veas cuando me necesitas.
—Uh… ¿Algo así como un superhéroe? ¿Apareces sólo cuando te necesito?
Se escuchó una risa seca que hizo eco en el pequeño armario.
—Algo así.
Javier se había dado cuenta de que cada vez que se escondía en él, parecía estar dentro de una cueva gigante y oscura donde todos los sonidos de fuera se silenciaban. No había cristales rotos de la cocina, ni gritos de su mamá, no gritos de su papá. No había nada más que Jungkookie y él.
—Entonces a partir de hoy serás mi Súper Kookie.
—Duerme ya, Javi, o el coco te comerá.
—Superkookie me protegerá.
—Cierra los ojos de una vez.
Pero su voz siempre sonaba monótona, burlesca y airada. Por más que su frase fuera una orden, al niño jamás le habló con rudeza.
—Ugh, a veces no eres para nada divertido.
—Porque no lo soy.
Javier suspiró feliz.
—No importa, aun así, siempre serás el mejor, Superkookie.
…
El niño de cabellos rubios gritaba de terror a la vez qué subía las escaleras. Su padre logró dar su pequeño pie y hacerlo rodar escalones abajo.
Javier solo podía llorar.
Como cualquier niño de siete años haría.
Había visto algo que no debería ver ningún niño de su edad.
—¡Tú no has visto nada! ¿de acuerdo? — El fétido aliento a alcohol le golpeó el rostro.
Javier negó rápidamente con la cabeza, apretando los ojitos para no ver el horrible monstruo frente a él. Su mueca desfigurada de ira y ojos inyectados en sangre.
—¡Vete a tu cuarto y no salgas!
El hombre se tambaleó hasta llegar al cuerpo inerte en la alfombra.
Javier negó rápidamente con la cabeza, apretando los ojitos para no ver el horrible monstruo frente a él. Su mueca desfigurada de ira y ojos inyectados en sangre.
Había mentido, como siempre. Le había dicho a su papá que no había visto nada; pero era imposible no ver la paliza que le había dado a su madre frente a la mesa del comedor, cuando él se hallaba cenando y tratando de enmascarar los gritos con los dibujos animados del televisor.
Entonces los gritos habían cesado. De nuevo, se le había ido de las manos. Y Javier sabía que, en ocasiones, su padre no quedaba satisfecho.
Necesitaba golpear todavía más.
Javier era un niño, pequeño, pero astuto e inteligente. En el momento que vio que su mamá no seguía gritando, bajó de un salto de la silla y huyó.
No la tomen con él porque no trata de defender a su madre. Es sólo un niño, y ella, no es ninguna santa. Sino otra borracha igual que su padre que desfoga los golpes de su marido violento en el pequeño e inestable cuerpo de Javier cada que puede.
Tratar de salvarla a ella es igual que tratar de liberar a un león que es torturado por un domador, cuando sabes que está hambriento de carne y sediento de venganza.
Por eso Javier ha aprendido la lección, porque es listo y recuerda los golpes, en la piel, y en el alma.
Por eso Javier huyó al único sitio donde sabe que encontrará refugio y consuelo.
…
—¿K-kookie?
Javier sollozó con fuerza. Las puertas del armario se abrieron e ingresó rápidamente, abrazando a su residente con necesidad.
—¿Qué pasa pequeño?
Javier sorbió los mocos y se acurrucó contra el cuello de Jungkook. Aspiró hondo tratando de relajarse. Los brazos de Jungkook lo apresaron fuerte. Siempre le habían gustado porque, a pesar de ser algo fríos (sin calidez), eran fuertes y protectores.
—¿Por qué existe el miedo?
—Hay Javi el miedo no existe, solo es tu mente.
—¿Cómo?...
—El miedo es la sensación de angustia y sentimiento de desconfianza provocando un peligro real o imaginario.
Jungkook no habló más, y Javier dejó a sus pulmones desahogarse todo el tiempo que puedo hasta que se redujo a esporádicos sollozos y suspiros nerviosos.
Y en un susurro confeso.
—Entonces no tengo que tenerles a los monstruos…
—Debes porque los monstruos no son buenos.
—Pero tú eres un monstruo y no te tengo miedo.
—El que yo sea un monstruo y tu amigo no significa que quiera que me temas.
—¿Quieres que te tenga miedo Jungkookie?
—No.
—Sabes Kookie a veces pienso si eres real para poder verte.
—Soy real Javier, estoy aquí contigo, si soy un monstruo; pero te digo un secreto hay peores monstruos que yo a esos hay que temer.
—¿Y quienes son Kookie?...
—Las personas.
—¿Las personas?
—Sí, las personas son los verdaderos monstruos, aquellos de los que tenemos que proteger, porque cualquier momento muestra sus dos caras, como una espada de doble filo, lista para atacar en el primer momento que tengas miedo.
Su rostro se escondió en el pecho del monstruo buscando protección (según él), sin saber que ese será el comienzo de su pánico a las personas, el cual lo consumirá hasta caer en la locura, en un abismo, el abismo que también mira dentro de ti, hasta crecer con él.
Y así lo hizo creció con ello al lado del monstruo fue cuando a los 18 años vendió su alma al diablo, que dándose con Jungkook en un limbo en donde no tenía escapatoria, solo permanecerle a él, hasta su muerte.
Valeria Cortez Dzib comenta.
ResponderEliminarConsidero que tuviste muchas fortalezas. La redacción y coherencia está bien hecha, excepto en esta parte: “Y así lo hizo creció con ello al lado del monstruo fue cuando a los 18 años vendió su alma al diablo.”
Está casi al final y se hace complicado de entender. Esto es en parte por la falta de los signos de puntuación y también por el orden de las palabras. Parece no tener sentido. Yo cambiaría este fragmento de párrafo a:
“Y así lo hizo. Creció con ello, viviendo al lado del monstruo. Cuando a los 18 años fue que vendió su alma al diablo.”
En ese mismo párrafo, también corregiría “solo permanecerle a él, hasta su muerte.” Por “Solo permaneciéndole a él, hasta su muerte.” Una sutil diferencia que marca mucho.
Me gusta la manera en que describiste las emociones y acciones de los personajes.
Siento que puedes mejorar la distribución de los diálogos; con esto me refiero a que, más de una vez pude notar que había muchas partes habladas, pero ninguna de ellas tenía una acción al momento de decirse. Onda, normalmente yo pondría algo así:
¬¬¬—Diálogo— *Acción*
Esto no aplica en todos los casos, ya que se vería saturado.
En conclusión, es un muy buen trabajo, solo que te recomendaría revisar un poco más tu ortografía y repasar los signos de puntuación.